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Bienvenido(a) a forestux.es domingo, 19 agosto 2018 , 11:32 CEST

Buenos amigos.

ForestuX
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Las amistades no son lo que parecen.

Aquel día trabajábamos de tarde. Digo trabajábamos porque hacía el servicio con Vulpes.

Vulpes era un viejo zorro, un Policía Medioambiental de la vieja guardia, a punto de jubilar: se las sabía todas, para lo bueno, y para lo malo. Era capaz de no hacer nada, o, por contra, de sorprenderte desenvolviéndose con soltura en una situación comprometida como si de contar flores se tratase. Llegaba al trabajo con desgana, con la actitud de quien ha hecho el mismo viaje miles de veces para llegar a un lugar que no era el prometido por los panfletos de la agencia turística. Bajito, delgado, pelirrojo, y siempre con el uniforme de punta en blanco, era un hombre pintoresco. No tenía prisa por trabajar, aunque si le tocaba arrimaba el hombro, y conocía como nadie el territorio que pisaba. Era buen paisano: hasta llegué a cogerle cariño.

Comenzamos el servicio a las 15:00 horas; por entonces los funcionarios funcionábamos 7 horas de jornada; más tarde, con la crisis, el ministro Gollum decidió aumentar en media hora la jornada laboral, "en aras de la productividad". Cualquiera diría que tener a miles de empleados tocando la guitarra media hora más aumenta la productividad. Desde mi punto de vista eso se consigue con buenas auditorías, exigiendo realmente que cada uno haga lo que le toca, y abriendo expediente al que no llegue a un mínimo. Pero en fin, ni soy ministro, si sé de administraciones públicas. Al fin y al cabo, saber de administraciones públicas no es asunto valadí, no se aprende en un Rato. Pero quedamos en que en este blog no iba a hablar de política...

Como patriarca que era, Vulpes ejercía de Superintendente en la Comarca, así que sus deseos eran órdenes para mi:

-¿Dónde tomamos café?-Siempre preguntaba en sentido figurado, porque sabía perfectamente hacia dónde dirigía sus pasos: la camarera era exuberante.

-Donde quieras, Super, que sea rápido, que estamos a principios de temporada y los reteles se llenan en cero coma.

Acababa de comenzar la temporada de cangrejo, y con cuatro reteles por permiso, en el coto se hacía el cupo en escasa media hora.

Tomamos café, pues, en el sitio de costumbre, y Vulpes condujo el tronco-móvil hacia la cabecera del coto.

-Verás lo que tardamos en trabar a algún incauto, Super, parece que los suelten a todos juntitos en el coto.

No me equivocaba; al poco de dejar el tronco-móvil a la sombra de los fresnos y comenzar a caminar río abajo nos dimos con el primero. Lo vimos de lejos, y él a nosotros. Venía acompañado de un lindo perrito, al que no dudó en azuzar contra nosotros a medida que nos acercábamos. El bicho se nos vino como un mihura, animado por los aspavientos de su dueño, que ni si quiera se molestó en disimular. Mi primera reacción hubiera sido dar media vuelta y refugiarme en el tronco-móvil: el can era de dimensiones descomunales.

Pero ahí estaban las tablas de Vulpes; mantuvo el tipo:

-¡¡Será hijo de puta!!-Balbució-.-¡Ate al perro o le meto dos tiros!

No mentía: tenía ya la mano en la 9mm, y había aplomado los pies como si de Clint Eastwood en Por un puñado de dólares se tratase.

El tipo percibió sin duda que el aviso iba en serio, porque llamó al monstruo con más susto que vergüenza; y el lindo perrito, obediente (se veía que tenía más sentido común que su dueño), volvió a los pies de su amo, tranquilo.

Vulpes no dijo nada más. Simplemente se dedicó a recorrer la orilla del río como radar en busca de reteles, cebos, cubos, y demás artes piscícolas. Raro, porque esa tarea siempre me la reservaba a mí, mientras él solía departir con el pescador de turno: le tenía ganas, y no era para menos.

Yo me dediqué a hacer el papel del Super, identificando al personaje, anotando datos, y advirtiéndole de que tuviese cuidado con el perro.

Ahí quedo todo, de momento. Seguimos caminando por la ribera, pero yo veía a Vulpes inquieto.

-Tranquilo -le dije-, te digo yo que este la lía. Sólo hay que darle tiempo.

- Será bastardo... (en realidad dijo "hijo de puta", pero me sabe mal poner tantas veces hijo de puta en este hilo) Vamos a hacer una cosa, Forestux: montamos en el tronco-móvil, hacemos que nos vamos, y cuando no nos vea te apeas y te amagas por ahí a la espera de que salga. Yo, mientras, sigo con el tronco-móvil hasta el.bar.de.la.chica.bombón para que este "bastardo" vea que nos vamos. Y cuando empiece a recoger los bártulos, me das un toque con el tam-tam (a ver si nos implementan emisoras digitales, que las analógicas tienen más puntos negros que la N-6), y ya me vuelvo a echarte un cable.

-¡A las órdenes de Usía, mi superintendente!

-No me toques los wevos, Forestux, menos cachondeo.

-Joder, Vulpes, sí que te has tomado a pecho lo del impresentable éste...

Total, que en la primera curva del río me agazapé entre unos salgueros a la espera de mi presa, y Vulpes se agazapó en su lugar de costumbre. Me dediqué a controlar al pájaro, y al resto de pescadores que fueron entrando en el río: nunca es malo tener situados a cada uno de ellos.

El tipo se hizo esperar, síntoma de que la estaba liando, porque como ya comenté, el cupo se hacía en un rato. Buena señal.

Por fin, lo vi cargando artilugios en el coche, perráncano incluído. Me quité el tam-tam del cinto y le hice a Vulpes la señal convenida:

-Vulpes, Vulpes, ¿me recibes?- ¡¡tiruriru!!

-Te escucho, Forestux...¿Qué pasa?- ¡¡tiruraro!!

-Tira para acá, que el pájaro ya está en el nido.- ¡¡tiruriru!!

-Voy para allá. -¡¡tiruraro!!

-Espabila que éste me embrisca al perro. -¡¡tiruriru!!

-¡Que ya estoy en el tronco-móvil, coño!- ¡¡tiruraro!!

Pues nada, a esperar a que el tipo saliese para cortarle el paso. No empezaba a otear una polvareda en el horizonte -éste es Vulpes, que viene rascando troncos, me dije- cuando llegaba a mi altura el encantador de perros. Me planté en medio de la pista, levanté el brazo, y le invité a detener el coche con mi mejor sonrisa.

-Buenas tardes de nuevo, caballero. Bájese del coche y abra el maletero. -Ya se oía el ronroneo cariñoso del tronco-móvil a mis espaldas.

-¿Cómo dice?

-Digo que buenas tardes de nuevo, caballero. Que quite el contacto, se baje del coche y abra el maletero.

-¡Ésto es un ultraje, un abuso, oiga!¡Pero si ya le enseñé antes la documentación!

-Lo que no me enseñó entonces fue el maletero... Usted verá, ya tengo sus datos. ¿Sabe usted lo que es un delito por desobediencia?

El tipo debió de ver la cara de Vulpes, porque en un vistazo que echó de lado, se puso pálido, y sin preguntar más, apagó el contacto y se bajó del coche. De todas maneras aún le quedaban ganas de defenderse, atacando:

-Pues soy muy amigo del Jeque, le hablaré de usted el próximo día que lo vea...

El jeque, aquí en Nunca y Jamás, es el primer cargo de orden político que tenemos. Un jerifalte de lo importantes, vaya, que lo que sobran son jefes. Con Vulpes soplándome la nuca sabía que tenía que echarle aplomo:

-Me alegro de que tenga usted amigos tan influyentes, oiga. Abra el maletero.

-Pues se va enterar, que este mismo lunes le voy a llamar para tomar café, que mire, nos vemos muy a menudo, que somos muy amigos. Porque voy a verle a su despacho y va a tener noticias suyas. Y le voy a decir que el "guarda" del río Pocachicha me registró el coche, que ésto es un abuso, que...

Ahora sí que lo tenía cogido por los wevos.

-Eso mismo quiero yo que le diga: si es que se van a ver el lunes, dígale al Jeque que el Policía Medioambiental hizo su trabajo. Cuéntele que me vio en el río, tra-ba-jan-do, no vaya a ser que vaya usted contándole que andábamos por ahí de vinos con el uniforme y el tronco-móvil oficial, ¿eh? Dígale usted la verdad. Y haga el favor de abrir el maletero.

El hombre pasó mal rato, al contrario que el lindo perrito, al que no quité ojo, que permaneció estoico, señorial, sentado en el asiento del copiloto. Contamos 36 cangrejos en un cubo (el cupo) y más de 20 en otro, alguno de menor talla de la permitida.

-Pues vamos a proceder a denunciarlo ¿eh? Y le se practicará decomiso de los cangrejos y de los reteles. -Vulpes, con los brazos en jarras, estaba disfrutando.

-Pues pienso llamarlo hoy mismo. Lo voy a llamar y el lunes tendré cita con el Jeque en su despacho. No saben quién soy yo.

Ya no me pude aguantar: los hay que piden a gritos una lección de humildad.

-Y digo yo, si no es indiscrección, y si, como dice, es tan amigo de nuestro Jeque... ¿No sabe usted que lleva tres meses en el hospital?¿Tan buenos amigos son y aún no se ha enterado?

No sé si el tipo fuese capaz de ponerse tan pálido aún sufriendo de tifus... Y si Vulpes se haya reído tanto en tan poco tiempo.

No hace mucho que llegó a la cabaña comarcal la resolución de la denuncia: 400 euros y un año de inhabilitación.

¡Eso sí que es tener amigos!

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